DESDE EL PERÚ: Ya fue, por Javier González-Oleachea Franco

Pedro Castillo. El proyecto de la asamblea constituyente sin opción. (Andina)
(ARTÍCULO PUBLICADO EL 22 DE ENERO DEL 2022 EN EL DIARIO EL COMERCIO, LIMA, PERÚ. PUBLICACIÓN AUTORIZADA POR DICHO MEDIO Y POR EL AUTOR)

La convocatoria a una asamblea constituyente ya fue. La doy por sepultada.

Hemos escuchado de todo respecto a la conveniencia o no de convocar a una asamblea constituyente y la vía para hacerlo. El 3 de julio pasado, en este mismo Diario, sostuve que, para muchos juristas y politólogos del primer mundo, tener varias Constituciones es como contar con varias partidas de nacimiento y opté por referir una docena de tópicos que sí deben ser reformados.

En esta ocasión, constato la defunción del intento de convocar a una asamblea constituyente por diez razones, hechos o circunstancias, según sea el caso, que concurren a su inviabilidad:

1. Todas las encuestas evidencian que la prioridad de la población es la recuperación económica, el empleo, el acceso a la salud, el retorno a clases presenciales y combatir la inseguridad y la corrupción, antes que cualquier otra cosa.

2. El Congreso aprobó por insistencia la ley que refuerza los límites del referéndum ayer.

3. El Tribunal Constitucional no contaría con los votos necesarios para declarar dicha ley como inconstitucional.

4. El Gobierno no cuenta ni con bancada ni con alianzas sólidas en el Congreso. Cada proyecto o decisión política tiene vida propia. Aun en este escenario de incertidumbre, Perú Libre y afines nunca podrán imponer su anfetamínico proyecto constituyente por falta de votos.

5. El presidente camina sobre suelo minado dado el avance de algunas investigaciones fiscales por presuntos ilícitos de sus colaboradores o compañeros más cercanos. Incluso ha debido responder preguntas ante la Fiscalía de la Nación. Hace semanas hubo un primer intento de vacarlo y nadie puede descartar una moción que sí prospere.

6. El Congreso se cuida mucho de no censurar a ningún Gabinete para no facultar al presidente a disolverlo.

7. Las calles se enfriaron para todos y más para el Gobierno. Calentar un momento constituyente resultaría tan factible como contar con gobernadores honestos solo por mandato legal.

8. Un golpe de Estado por cuenta del presidente es un imposible. No contaría nunca con el apoyo de las Fuerzas Armadas para cerrar el Congreso y asaltar el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Junta Nacional de Justicia, la Procuraduría General del Estado y el Tribunal Constitucional, principalmente. Aquel 5 de abril de 1992 fue inaceptable y es irrepetible. Recordemos que varios voluntarios de entonces durmieron encarcelados.

9. El Perú no enterrará sus libertades en una Constitución corporativista estableciendo cuotas por gremios o asociaciones, sean de maestros o de banqueros. Sería discriminatorio y contrario a los tratados internacionales de los que somos parte, y tendríamos que denunciar dichos tratados, convirtiéndonos en parias ante el mundo.

10. La única excepción posible de una representación parlamentaria diferenciada sería para los pueblos indígenas y tribales conforme al Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que hemos ratificado. Hoy, tal alternativa importante y deseable es muy lejana porque el Estado carece de un registro de ancestralidad jurídicamente vinculante y por la predominante dispersión y división entre dichas minorías.

Por lo antedicho y más, sepultada una asamblea constituyente, no debemos negar la realidad: el país necesita urgentes reformas constitucionales y legales, así como una buena gestión para acortar drásticamente las brechas sociales y desarrollar todas nuestras potencialidades. Pero, ¿cómo lograrlo si prevalece el espectáculo individualista, y a veces teatral, y no la cooperación política para favorecer los acuerdos que nos urgen?

Una cuota adicional de irresponsabilidad recae en Perú Libre dadas sus bravatas violentistas para generar “alternativas constituyentes” e imponernos su marxismo, leninismo y maoísmo desde su minoría.

En público, ahora algunos de sus portavoces prefieren llamarse socialistas. ¿Optaron por el realismo o por el cinismo? ¿O fueron marxistas y etcéteras hasta que el capitalismo les dio una oportunidad? Porque no han propuesto reducir o suprimir nada de lo que ya disfrutan del Estado gracias a los impuestos que pagamos. ¡Palabra de extremistas!

 

(*) Javier González-Olaechea Franco. Doctor en Ciencia Política, experto en gobierno e internacionalista.

 

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