Historia de éxito en Japón: la joven emprendedora y sus rosas orgánicas de 100 millones de yenes


roselabo.com

Hasta hace unos años, Ayaka Tanaka era una estudiante universitaria pasiva que se sentía inferior al resto porque no tenía metas claras. Hoy es dueña de una productora de rosas orgánicas que vende cien millones de yenes al año (932 mil dólares) y da charlas para compartir su historia de éxito.


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La protagonista de la historia, contada por Kyodo, es una emprendedora de 25 años que lleva las riendas de su negocio, estudia economía en una universidad y toma clases de inglés con la mira puesta en la futura expansión de sus operaciones en el extranjero.

La empresa de Ayaka se llama Rose Labo, tiene poco más de una docena de empleados y produce rosas orgánicas comestibles en una granja de 3.300 metros cuadrados en la prefectura de Saitama. Cultiva sus plantas hidropónicamente, sin suelo, productos químicos o pesticidas.

Ayaka cuenta que las rosas han sido parte de su vida desde que era chiquita y recuerda que su bisabuela decía “las rosas hacen fuerte a una mujer”. La joven nunca imaginó que la frase cobraría realidad en ella.

Su vida dio un vuelco de 180 grados gracias a una conversación familiar cuando era una estudiante de primer año en la universidad.

“Mi madre dijo: ‘Sabes, hay rosas que puedes comer’, y me asombró. Me sorprendió no saber de las rosas comestibles”, recuerda.

Ayaka no solo descubrió las posibilidades inexploradas de la rosa, sino también las de ella misma. Así como la flor tenía un potencial oculto, ella también.

La joven confiesa a Kyodo que hasta entonces era una estudiante universitaria que siempre evitaba los retos debido a que no confiaba en sus habilidades.

“Tenía una sensación de inferioridad porque todos parecían tener sueños y objetivos firmes que estaban persiguiendo, pero cuando me encontré con las rosas comestibles, me hizo pensar en su potencial y, a lo mejor, que yo podía lograr cosas si lo intentaba”, dice.

Todo cambió con el comentario de su madre.

Ayaka renunció a sus estudios de política internacional en una universidad para trabajar en una granja de rosas en Osaka y aprender cómo cultivar flores. Después abrió su propio negocio, convirtiéndose en la primera en su familia en dedicarse a la agricultura.

No arrancó bien, pero el suyo también es un ejemplo de perseverancia y aprendizaje. En el primer año, ninguna rosa floreció. Un fracaso. Pero buscó ayuda en una escuela profesional agrícola para volver a aprender técnicas de cultivo y desde entonces su negocio no ha hecho más que crecer.

Sus pétalos de rosa se utilizan como adornos para pasteles y sus productos procesados, como mermeladas y cosméticos, se venden en las grandes tiendas de Tokio, así como en línea.

Los productos procesados (mermeladas, tés, jabones, cosméticos, etc.) son una gran fuente de ingresos. Representan alrededor del 70 % de las ventas de la compañía.

Al tercer año, sus ventas anuales ascendieron a 100 millones de yenes.

Para ella, las cosas no han hecho más que comenzar, pues busca vender sus productos en el exterior y apunta a mercados como los de Corea del Sur, Tailandia y Taiwán.

Ahora Ayaka brinda conferencias en varias universidades para compartir su experiencia como joven empresaria y agricultora.

“Solía vivir pasivamente, como si solo estuviera matando el tiempo, pero ahora siento que ando con mis propios pies”, dice.

El caso de Ayaka en una industria como la agrícola es raro. En 2017, la población de agricultores en Japón era de 1,8 millones y su edad promedio era de 66,7 años. Y de las 55.700 personas que incursionaron en la agricultura ese año, las mujeres de 44 años o menos solo fueron 4.600. (International Press)


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