Nishio, la ciudad japonesa que da el ejemplo ayudando a los niños extranjeros

Municipio de Nishio (foto Evelyn-rose)

En Japón, la educación primaria y secundaria es obligatoria para los japoneses, pero no para los extranjeros, motivo por el cual muchos municipios se despreocupan o no toman suficientes medidas para incentivar a los niños extranjeros a estudiar.


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Las autoridades de la ciudad de Nishio, ubicada en la prefectura de Aichi, son diferentes.

Nishio tiene unos 9.400 residentes extranjeros de 44 países, que representan aproximadamente el 5 % de su población total.

Los niños extranjeros en edad escolar son alrededor de 700. El municipio de Nishio se preocupa por ellos y su situación educativa, revela Mainichi Shimbun.

Esto no es nuevo. En 2009, comenzaron a verificar la asistencia de los niños extranjeros a la escuela. ¿Por qué? Por la drástica caída en el número de estudiantes de las escuelas brasileñas a raíz de la crisis financiera global. Muchos niños debieron refugiarse en iglesias debido a que sus padres no podían pagar el alquiler.

Funcionarios municipales de Nishio visitaban a las familias extranjeras para averiguar si los niños asistían a la escuela y elaboraban una lista para llevar un registro.

Una vez realizada la investigación, el siguiente paso era tomar una acción concreta. En 2014, Nishio abrió un centro de apoyo para niños extranjeros al que llamó “Kibo” (esperanza).

Un funcionario explica que la intención de Kibo es crear “un puente que conecte a los niños que no están en la escuela y las instituciones educativas. Queremos que este sea un lugar donde podamos dar esperanza a los niños”.

El municipio comenzó a impartir clases de lengua y cultura japonesa y a promover intercambios entre los niños que no asistían a la escuela y quienes sí lo hacían para facilitar la integración de los primeros al sistema educativo.

Los esfuerzos del municipio han dado resultados positivos. Un buen ejemplo de ello es Anastasia Megumi, una adolescente de 15 años, bisniesta de japoneses, que llegó a Japón en 2017 de Indonesia para vivir con sus papás, que trabajan en una fábrica.

Megumi estudiaba en su país, pero en Japón no. Sus padres decidieron no mandarla a la escuela porque piensan volver a Indonesia. Así las cosas, Megumi se quedaba en casa, cuidaba a su hermano menor y ayudaba con las tareas domésticas. Llevó esa vida durante un año y medio.

Cuando el personal de Kibo se enteró de la situación de Megumi decidieron visitarla y proponerle que estudiara en el centro.

Megumi, una ávida lectora, comenzó a sobresalir en los estudios. Su capacidad y potencial no se podían echar a perder y en Kibo trataron de convencer a sus papás de que la metieran en una escuela regular. Insistieron y por suerte accedieron. La chica fue inscrita en un colegio.

El caso de Megumi es un ejemplo de persistencia. El personal de Kibo no se rinde cuando los padres de un niño que está recluido en casa y no va al colegio se niegan a que su hijo estudie. Los funcionarios visitan a los padres una y otra vez para explicarles la importancia de la educación.

Y si no pueden reunirse con los niños directamente, dejan una carta escrita en seis idiomas que dice: “Si tienes alguna pregunta sobre la escuela, podemos ayudarte. Ponte en contacto con nosotros”.

La educación no solo beneficia a los niños que la reciben.

Kimie Kawakami, funcionaria a cargo de Kibo, resalta que cuando los niños asisten a la escuela, sus padres comienzan a interactuar con la comunidad local. La educación rompe el aislamiento y facilita la integración de los extranjeros a la sociedad japonesa.

Una investigación de Mainichi descubrió que las autoridades japonesas desconocen la situación educativa de alrededor de 16.000 niños extranjeros. Menores que, entre otras razones, no asisten a la escuela por la barrera del idioma o por temor al ijime. (International Press)


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