Los hijos abandonados. Por Kike Ponze*

(iStock)

Hace un par de semanas, recibí una llamada telefónica.

  • ¿Aló? ¿Y ese milagro?
  • Hola ¿por qué no hablas con tu hijo?
  • Llevo años sin verlo, ya sabes mi historia. Cuatro años en los tribunales, desde que tenía trece no lo veo, fue manipulado por su madre y medio hermanos y en la actualidad tampoco desea tener contacto conmigo.
  • ¿Pero no lo llamas, no has hecho el intento?
  • Su madre y él me tienen bloqueado en las redes sociales… mejor dime qué me quieres contar.
  • Parece que tu hijo, no anda en buenos pasos.
  • Uhmmm sí pues, eso se veía venir.

Seguimos conversando un rato más de todo un poco hasta despedirnos, acabó la llamada… y recordé a mi padre. Justo este mes cumpliría años y aunque ya no se encuentra presente en este mundo, su ADN recorre por mis venas y vive en mis pensamientos. Se preocupó de inculcarme valores y principios, fomentar mi educación, darme ejemplos que en algún momento de mi juventud, pensé que exageraba cuando había que esperarlo para la cena, haciéndonos conversar en la mesa sobre cómo nos fue el día.

Somos el reflejo de nuestros padres, pero puede ser por presencia o ausencia de ellos en nuestras vidas. Aquí “agarraré carne” y me disculpo, pues hablo de manera general sin señalar a nadie. Se ve una generación de hijos de inmigrantes que crecen a la deriva y queremos (como leo en algunos comentarios en este mismo medio) culpar a la sociedad japonesa, cuando algún problema se hace noticia.

Las sociedades del primer mundo nos ponen en un ritmo de trabajo proporcional a nuestras expectativas, que se pueden cumplir si son razonables. No somos esclavos del empleador, somos esclavos de nuestros deseos de compra y consumo. Si no entendemos esto, no podremos balancear nuestras horas para compartirlas con nuestros hijos, quienes necesitan no solo tiempo, sino también dedicación.  Una PlayStation, un celular con Internet, ropa de marca, no nos va a remplazar por llegar cansados a casa de tanto trabajar, querer darnos un baño e irnos a dormir porque al día siguiente hay que seguir “gambateando” y el fin de semana, merecidas cervecitas.

Hay jóvenes en problemas policiales, desde robos hasta consumo de drogas, y no, no son las malas juntas ni la sociedad, es que crecen sin control y son presas fáciles.

Poco tiempo atrás, se hizo tendencia en las redes, algunos casos de hijos jóvenes que se desaparecían sin aviso y los padres desesperados pidiendo ayuda para encontrarlos, al final, se habían ido de juerga y se perdieron unos días. Los hijos crecen como crecimos nosotros.

También hay jóvenes en problemas policiales, desde robos hasta consumo de drogas, y no, no son las malas juntas ni la sociedad, es que crecen sin control y son presas fáciles.

¿Sabes el color favorito de tus hijos? ¿Su plato preferido? ¿La fruta que más le gusta? ¿Su personaje o actor favorito? ¿El nombre de su mejor amigo? ¿Lo sigues en sus redes sociales? ¿Revisas sus cosas en su ausencia…? ¿Se sientan juntos en la mesa a comer y apagan los celulares para poder conversar y contarse el día?

Nunca es tarde.

Bueno, solo quiero llamar a la reflexión sobre nuestro rol de padres, más ahora, cuando tenemos un invitado que convive en casa, acompaña a nuestros hijos hasta en la calle y pasa más tiempo que con nosotros, se quiera o no, el Internet.

Nos seguimos leyendo.

 

(*) Kike Ponze, periodista, inmigrante en Japón.

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