
Bajo los arcos de ladrillo centenario de Hibiya Okuroji, en el distrito tokiota de Chiyoda, la cadencia pausada de Japón y el pulso recobrado de Centroamérica encontraron un punto de comunión inesperado.
En el marco de las actividades culturales de Artober 2026, el fotógrafo salvadoreño Erick Chévez presentó su exposición individual «Kakemawaru», una serie de estampas documentales que rehúyen del folclor predecible y la postal turística para internarse en la dignidad del día a día.
La inauguración oficial congregó a diplomáticos, artistas y miembros de la comunidad internacional en una velada organizada por la Embajada de El Salvador en Tokio, en colaboración con Artedly y Tokyo Weekender.
«Hoy tenemos una pequeña ventana hacia El Salvador», afirmó el embajador salvadoreño en Japón, Diego Dalton Rosales, al abrir las puertas de un encuentro donde convergieron el aroma de las pupusas elaboradas en Kawaguchiko por la cocinera salvadoreña Dina Cardosa, las notas del Ron Cihuatán y el fino calzado Palomo que ya se vende en Tokio.
Sin embargo, el verdadero eje de la noche fue la mirada íntima de Chévez, quien se atrevió a dirigirse a los asistentes en un respetuoso japonés. «El discurso supera un poquito mi vocabulario, pero me está ayudando para soltarme», confesó entre risas instantes antes de tomar la palabra.

SOSIEGO NIPÓN
El vínculo de Chévez con el archipiélago asiático hunde sus raíces en la infancia. «En Latinoamérica tenemos mucha fascinación por el anime, y con mi esposa Rachel siempre nos gustaron desde pequeños las películas de Ghibli; nos dio fascinación por ese mundo mágico», relató el fotógrafo.
Cuando las restricciones de la pandemia finalmente quedaron atrás y pudieron pisar tierra nipona, la experiencia superó cualquier expectativa: «A veces, cuando esperas mucho tiempo para conocer algo, te decepciona; con Japón fue todo lo contrario, fue realmente encontrar la casa lejos de casa».
A lo largo de sucesivos viajes documentó la mudanza de las estaciones —desde la primavera de los cerezos hasta el otoño—, material que dio forma a su fotolibro Kinmokusei.
No obstante, más que los templos o los paisajes icónicos, fue una actitud comunitaria la que transformó su filosofía visual: «Me llamó especialmente su amor por la naturaleza. He presenciado a la gente abrir la puerta de su casa y salir solo a ver el cambio de las hojas con su pareja, con su esposa, y luego regresar a casa. La contemplación. Ni siquiera con una cámara ni con un teléfono: solo a disfrutarlo».
Aquella lección de quietud encendió una interrogante sobre su propio quehacer. «La mayor parte de mi fotografía la había tomado fuera de mi país, viajando, porque sentía que las mejores fotos estaban fuera de casa, y no pude haber estado más equivocado», admitió con franqueza.
EL SALVADOR, LA CALLE RECUPERADA
Para un salvadoreño, salir a recorrer las aceras con una cámara profesional al cuello fue durante décadas un riesgo impensable. «En El Salvador venimos de mucha inseguridad. Para el salvadoreño salir a la calle con una cámara… obviamente siempre han existido grandes fotógrafos en toda nuestra historia, pero no era seguro, era peligroso», recordó Chévez.
Japón le ofreció por primera vez la serenidad de «andar la cámara por fuera y caminar», pero el verdadero desafío sobrevino al volver a casa y presenciar la transformación social del país.
«Yo escuchaba mucho sobre la seguridad, pero nunca la había puesto a prueba. Cuando regresé, pensaba que iba a sentirme aburrido de volver a casa, pero fue todo lo contrario: regresaba viéndola de otra forma, queriéndola más. Decidí salir con mi cámara y disfrutar eso que los turistas dicen que están disfrutando. Y me di cuenta de que es cierto, que no es marketing: realmente hay más seguridad».
Esa tranquilidad recuperada le permitió encarar un proyecto que el embajador Dalton valoró como un testimonio histórico imprescindible: «Ahora podemos hacer lo que él hace: salir a la calle y tomar fotos donde queramos. Estas son escenas que algún día podrían cambiar, y es fantástico tener una fotografía de la historia y de cómo era nuestro país».

PACTO DE EMPATÍA
Lejos de la frialdad del teleobjetivo o del disparo furtivo a distancia, Chévez eligió trabajar con un lente angular de 28 milímetros en su cámara Leica. La limitación técnica impone una postura ética: «Para capturar un retrato tengo que estar cerca, no puedo estar lejos. Eso me fuerza mentalmente a presentarme, a hablar, a interactuar y a pedir permiso; a conseguir una fotografía solo si hay una conexión».
Para alguien que se define como reservado, el proceso implicó una transformación personal: «Soy una persona tímida, así que hacer eso a veces me hace sentir vulnerable, pero los resultados han sido increíbles».
Ese compromiso humano late en su retrato predilecto, capturado en los cafetales de San Pedro Nonualco. Chévez buscaba retratar a María, una cortadora de café, pero las imágenes iniciales se sentían forzadas e incómodas frente al lente.
«Cuando ella me preguntó: ‘Mira, ¿puedo por favor pausar? Quiero seguir trabajando’, se dio la vuelta y ahí capturé: logré captarla como la vi por primera vez. Cuando le enseñé la foto nunca voy a olvidar cómo sonrió, porque creo que nunca se había visto retratada de esa forma. Aunque es un trabajo duro bajo el sol, se notaba que estaba serena, orgullosa y feliz de lo que hacía», narró el salvadoreño.

HUMANIDAD SIN ARTIFICIO
En un panorama saturado de imágenes hipercalculadas para redes sociales o reportajes obsesionados con la miseria, Chévez reivindica un propósito contracorriente: «Quiero romper con el paradigma de centrar la fotografía de calle en el sufrimiento de la gente. La fotografía documental tiene mucho valor, pero yo con mi ojo quiero mostrar algo diferente: escenas de alegría que demuestren que hay alegría en el país».
Consultado sobre el impacto de las tecnologías automáticas en el arte contemporáneo, el fotógrafo ofreció una reflexión que resonó con fuerza en la sala tokiota: «Ahora encontrar la perfección es fácil y se lo puedes pedir a la inteligencia artificial en cualquier momento, pero lo que nunca va a replicar es a un ser humano, porque somos únicos».
Con planes de editar un libro que recoja la fuerza cotidiana salvadoreña junto a su trabajo japonés, Erick Chévez concluyó su paso por Tokio confirmando que, cuando la lente se acerca con respeto, la distancia entre dos mundos se disuelve en una sola sonrisa compartida. (RI/International Press)
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