Soledad, depresión y desempleo, cicatrices del devastador tsunami de Japón

Sobrevivientes del tsunami de marzo de 2011

Muchos supervivientes han caído en adicciones como el alcoholismo y el juego


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Desplazados por el tsunami de marzo pasado

Javier Picazo Feliú / EFE

Un año después del devastador tsunami que barrió el noreste de Japón, cientos de kilómetros de costa se encuentran aún desamparados y en las comunidades quebradas por la tragedia asoman nuevos problemas como el desempleo y la soledad.

Cuando se cumple el primer aniversario de aquella catástrofe todavía hay casi 335.000 personas desplazadas, la mayoría en casas de alquiler y viviendas temporales, y cerca de 700 se encuentran aún en centros de evacuación, según datos del Gobierno japonés.

El seísmo y posterior tsunami destrozaron buena parte de la costa nororiental y dejaron a su paso 16 millones de toneladas de barro y 22 millones de toneladas de escombros, de las que aún quedan por retirar cerca de 6,6 millones.

Para rehabilitar la zona, el Gobierno ha aprobado hasta ahora cuatro presupuestos extraordinarios -el último el 10 de febrero- por más de 20 billones de yenes (unos 185.000 millones de euros).

A ello se suman donaciones a la Cruz Roja y otros organismos por unos 345.300 millones de yenes (cerca de 3.270 millones de euros) de las que, a mediados de enero, habían sido distribuidas entre los afectados el 80 por ciento, así como las ayudas de 124 países y una decena de organizaciones internacionales.

Ahora, un año después, se ha limpiado casi por completo el lodo y escombros de la costa, transformada en un páramo desolador. Las líneas de tren están restauradas, las carreteras y autopistas reparadas, los aeropuertos han retomado su actividad y en los puertos muchos de los muelles ya vuelven a utilizarse.

No obstante, en las áreas costeras arrasadas los evacuados se enfrentan a otro tipo de problemas como la soledad, la depresión y el desempleo ante el golpe que ha supuesto la paralización de la pesca, una de las principales industrias de la zona.

Tras el desastre natural, en provincias como Miyagi, una de las más golpeadas, más de 1.100 empresas cesaron su actividad y otras tantas aún no saben cuál será el futuro de su negocio, según datos difundidos por el diario nipón Mainichi.

Además, en marzo cerca de 71.000 evacuados verán cómo se les termina el subsidio extraordinario de desempleo asignado por el Gobierno a los afectados, según datos del Ministerio nipón de Salud y Trabajo.

En medio de este panorama, las administraciones locales, con la ayuda de organizaciones internacionales, luchan por restablecer la vida de las comunidades, potenciar la industria local y atender a los evacuados.

“Algunos supervivientes se muestran incapaces de comunicarse, ya que están sobrepasados por la pérdida”, sobre todo los ancianos, desubicados lejos de su hogar, declaró a Efe Maho Takahashi, coordinadora de programas de la ONG Peace Boat, que actúa desde el inicio de la tragedia en las zonas devastadas.

Uno de los principales problemas que afrontan los evacuados es la incertidumbre ante el futuro, sobre todo por la falta de oportunidades laborales que no sean tareas a tiempo parcial, como la retirada de escombros.

Además, está previsto que las casas temporales que actualmente ocupan se desmantelen en dos años, así que “no saben a dónde irán”, subrayó Takahashi.

Peace Boat también ha detectado casos de personas “con dificultades psicológicas y físicas que no han respondido bien a su reubicación temporal”, apuntó la coordinadora.

El Centro de Ayuda para la Reconstrucción de Ishinomaki, uno de los municipios costeros más devastados, apunta por su parte que, como medida para evadirse de la realidad, numerosos supervivientes han caído en problemas como el alcoholismo y el juego.

Los traumas psicológicos han alcanzado también a las fuerzas del orden, víctimas del denominado “síndrome del burnout”, un desgaste profesional en aquellos con un estrés emocional prolongado, que, según un estudio del diario Yomiuri, afecta al 47 por ciento de los policías de Miyagi.

Las zonas del noreste luchan además por cerrar las heridas que dejó la tragedia en los 1.580 niños que el 11 de marzo perdieron al menos a uno de sus padres y ahora viven con alguna de las 15.000 familias que han acogido a evacuados, menores o adultos en este último año.

Otros municipios no cejan en su empeño de buscar a los desaparecidos, como Ishinomaki, donde aún se drenan partes del río para encontrar los cuerpos de los 70 estudiantes de un mismo colegio que fueron arrastrados por el agua.


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