Javier Arévalo: La corrupción menuda nos carcome


Javier Arévalo

Siempre es posible que un ciudadano cualquiera se encuentre en una situación en la que todo parece indicar que debes pagarle por lo bajo a alguien para que las cosas en tu relación con el Estado sucedan.


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Por Javier Arévalo*

Javier Arévalo

Las infracciones que cometen los conductores en el Perú tienen precio: la “coima” que recibe el policía de tránsito (el soborno que en México se conoce como “mordida”) por pasarte una luz roja puede ser de 20 dólares, manejar con una copa de más unos 50. “Al menos, dice un amigo, aquí hay algo establecido. Lo que no sabemos es cuánto debes dejar en la municipalidad al testaferro del alcalde para realizar algún negocio con los organismos ediles”.

En los ochentas, miembros del partido aprista saquearon escandalosamente las pobres arcas del Estado. Un Estado puede que esté casi quebrado respecto al país, pero respecto a un individuo siempre será rico y de esa riqueza las huestes apristas sacaron lo que pudieron.

El periodista César Hildebrandt contaba la historia del gerente de una empresa pública que fundó su agencia de publicidad para encargarle todas las campañas de la empresa. Él mismo se contrataba y se pagaba lo que le daba la gana con la plata de todos los peruanos.

En el segundo gobierno de García, las corruptelas menudean. Los escándalos salpican hasta Palacio de Gobierno. Los ministros desfilan ante cámaras con acusaciones bien fundamentadas. Acaba de explotar (agosto del 2010) un negociado realizado por un gerente de una empresa pública que provee de agua a la capital. La Contraloría lo ha denunciado por entregar “a dedo”, es decir, sin licitación, un gigantesco negocio a una empresa que se había creado exclusivamente para realizar ese trabajo.

La corrupción actual no tiene las dimensiones catastróficas del gobierno de Fujimori, pero tampoco nació en ese gobierno, como ya he dicho. La corrupción ha sido connatural al Estado peruano.

Y es una costumbre que habita en los genes de los ciudadanos peruanos que parecemos insensibles al hecho. Es decir, lo repudian en las encuestas. De hecho, lo señalan como el principal problema del gobierno, y eso que en las calles tenemos narcos y delincuencia común creciendo a galope.

Siempre es posible que un ciudadano cualquiera se encuentre en una situación en la que todo parece indicar que debes pagarle por lo bajo a alguien para que las cosas en tu relación con el Estado sucedan.

Hace tres años yo intento construir un departamento. Hemos presentado todos los documentos, los planos, pero nada. Yo no entiendo. Le pregunto a un amigo y me dice: “Ah, pero es que hay que pagarle a alguien”. “¿En serio?”, le digo. “Sí, claro, si no nunca podrás hacer tu departamento”. “¿Pero crees que me dé factura?”. Mi amigo me miró con cara de “no seas estúpido”. Pero la verdad es que uno no puede sentirse de otra manera.

*Escritor y periodista peruano


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