Jorge Barraza: «Paliza en el Bernabéu»

El clásico Real Madrid-Barcelona está en la cima del universo futbolístico, es el espectáculo más grande del mundo.

Jorge Barraza

Por Jorge Barraza*


Ooooleeee… Ooooleeee… Ooooleeee… Toque de Xavi, asistencia de Messi, gambeta de Iniesta, desborde de Alves, golazo de Fábregas… Ooooleeee… Ooooleeee… Salida elegante de Piqué, amague de Puyol, pared perfecta con Busquets… Ooooleeee… Ooooleeee… Ooooleeee…

No estaban en la arena de la Plaza de Toros de Las Ventas sino sobre el césped del Bernabéu. Los toreros vestían de azulgrana y los toros burlados, ridiculizados, iban de blanco. ¡Qué faena, caballeros…!

Por cinco minutos queríamos ser alguno de ese puñadito de catalanes que saltaba en la tercera bandeja del estadio, orgullosos hasta el delirio de este equipazo para la historia que golpea con fútbol, que humilla con toques, que vence con arte, que destroza poéticamente a sus adversarios.


Quedar 1-0 abajo en el clásico a los 22 segundos, de visitante y ante un equipo valuado en 517 millones de euros como el Madrid. Comenzar con tanto infortunio y terminar ganando 3 a 1 con floreo, con toques y olés sobre un rival siempre tan hostil físicamente… Eso es privativo de los elegidos.

El Barcelona al que muchos daban por muerto en la Liga se recuperó con su rival predilecto: el Madrid. A la vejez le salió un hijo al club de Kubala y de Messi. Contra él tiene sus mejores funciones, las más lucidas y celebradas. A la violencia de Pepe, a las maldades de Marcelo, a la fuerza bruta de Sergio Ramos y las ruindades de varios, le opone su nobleza, su fútbol caballeresco y sutil. Y lo puede, siempre encuentra el modo de ponerlo de espaldas y que le cuenten hasta tres al Madrid. Y siempre con clase. Al Madrid le cabe la salvedad de que debe medirse al mejor de todos los tiempos.

A contravía de la depresión económica de España, el clásico Real Madrid-Barcelona está en la cima del universo futbolístico, es el espectáculo más grande del mundo. Los dos equipos más poderosos de la Tierra embistiéndose a la velocidad de un tren expreso. Y el contrapunto de estilos que lo hace más atractivo. Y el técnico más extraordinario (Guardiola) frente al más mediático (Mourinho). Y Messi frente a Cristiano Ronaldo. Y todo el decorado. Y el resto del planeta palpitándolo como si fueran sus propios clubes. ¡Qué maravilla moderna esta del clásico español!


Después que Cesc Fábregas anotó el tercer gol, el Madrid pareció derrumbarse, hundirse en un mar de incertidumbre. Ya no tenía ni una idea remota de cómo reaccionar frente a un oponente que lo supera en todo. Y que le toca y le muestra la pelota, se la esconde, la juega, acelera, frena, sigue tocando… Y como en una película muchas veces vista, lo único que se le ocurre es la agresividad física (no futbolística), la suela amenazante e hiriente. Pero el Barsa tampoco se achica con el amedrentamiento. Y sigue su festival de fútbol puro. Que nunca busca humillar. El Madrid eligió el camino de la aspereza, de la suela y el codo. Y como además pierde, se ridiculiza solo.

Mourinho volvió a quejarse del árbitro (que insólitamente dejó en cancha a Pepe, a Marcelo, a Sergio Ramos, a Lass, a Xabi Alonso, ya doloridos de tanto pegar). Pero eso es para la galería. Interiormente sabe que su cuadro no jugó a nada, que casi no pateó al arco, que hizo un gol afortunado, que no tuvo reacción ante la adversidad del juego. Ahora puede que vuelva a meterle 7 al Osasuna y 6 al Rayo Vallecano, pero a esta máquina de fútbol, no.


Gran definición de Alexis Sánchez en el primer gol; otra lección magistral de Xavi (el bueno, el que se escribe con v corta), partidazo de Messi, que tomó la lanza y limpió el camino para ir a buscar el empate cuando las papas quemaban. Notable segundo tiempo de Iniesta, enorme prestación de Piqué, Puyol, Dani Alves. Función perfecta de todo el colectivo. Porque la estrella de este Barsa es la consigna: tocar, tocar y tocar hasta las últimas consecuencias. Hasta el cajón. Aunque el arquero se haga un gol a los 22 segundos por querer salir tocando. La orden es volver a intentar lo mismo.

Si no se cansa, si logra dosificar energías, este Barcelona debería conquistar de nuevo el Mundial de Clubes, la Liga y la Champions. No tiene ningún rival de su estatura. Este Madrid de Mourinho ha intentado todo: atacarlo, esperarlo, contragolpearlo, molerlo a patadas, llorarle al referí… No tiene caso. El Barcelona es superior y se lo demuestra varias veces por año.

Su único rival es el almanaque. En un año, en dos, en tres, cuando los pliegues del tiempo erosionen la juventud de todos, cuando amaine la potencia de sus músculos y llegue la hora del retiro para Xavi, Puyol y otros generales, cuando se vaya Guardiola, se acabará este equipo de leyenda que no vive en los cuentos del abuelo, lo disfrutamos en tiempo presente hasta dos veces por semana. Ahí se apagará el Barsa de la historia. Y respirará el Madrid.

*Ex articulista de El Gráfico y director de la revista Conmebol, (a) International Press.

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