
La reciente visita de tres días a Pekín del presidente estadounidense, Donald Trump, concluyó con escasos resultados tangibles, exponiendo el agudo dilema que enfrentan las dos superpotencias en su disputa por la hegemonía global.
Para analista los analistas japoneses, aunque el encuentro con el mandatario chino, Xi Jinping, proyectó una fachada de estabilidad, analistas internacionales coinciden en que este periodo de aparente calma transpacífica no representa un deshielo real, sino una tregua táctica que enmascara un resentimiento mutuo arraigado tanto a nivel estatal como personal.
Aliados estratégicos de Washington, como Japón, han observado con inquietud este acercamiento, temiendo un potencial acomodo bilateral que deje irresueltos los focos de tensión en los mares de China Oriental y Meridional, así como en el estrecho de Taiwán.
Sin embargo, un verdadero compromiso estratégico resulta improbable debido a la profundización de una confrontación sistémica en los ámbitos de la alta tecnología, el poder militar y la diplomacia, áreas donde el margen para un compromiso mutuo se ha reducido al mínimo.
RESENTIMIENTO Y TENSIONES POR TAIWÁN
Detrás de la retórica diplomática subyacen factores emocionales y políticos que impiden una reconciliación genuina. Según fuentes cercanas a la Casa Blanca, Trump percibe a China como el principal adversario de su país.
Su postura está fuertemente influenciada por un profundo resentimiento hacia el Partido Comunista Chino, a quien culpa de que la crisis sanitaria global descarrilara la economía estadounidense y frustrara su intento de reelección en 2020.
Por su parte, Xi mantiene una sospecha estructural de que la estrategia de Washington busca la contención de China y la erosión del régimen comunista.
El diario Nikkei dijo que la desconfianza entre ambos líderes se intensificó tras una conversación telefónica en la que Xi enfatizó la sensibilidad de Taiwán para los intereses de Pekín. Solo tres semanas después, la administración Trump aprobó una venta récord de armas a la isla por 11.100 millones de dólares, una acción que el mandatario chino consideró una traición directa a la palabra de su homólogo.
A pesar de que Xi busca estabilidad interna de cara al congreso de su partido el próximo año, el repliegue de Washington de los organismos internacionales refuerza la percepción en Pekín de que el orden global se reconfigura a su favor sin necesidad de hacer concesiones.
DISUASIÓN MUTUA Y VULNERABILIDADES
La actual fase de confrontación se encamina hacia una lucha de desgaste contenida por las limitaciones operativas de ambos países. Estados Unidos enfrenta un desgaste significativo en su arsenal debido a sus prolongadas operaciones en Oriente Medio.
Estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) señalan que los conflictos en esa región han consumido más de la mitad de los inventarios de misiles clave del ejército estadounidense.
Asimismo, Washington mantiene una dependencia crítica de China, que controla entre el 80% y 90% del procesamiento global de rareāsu (tierras raras), insumos indispensables para la fabricación de cazas F-35 y armamento de alta tecnología, una subordinación que tardará al menos una década en revertirse.
LOS GOLPES AL ARMAMENTO CHINO
Pekín, por otro lado, también lidia con importantes frenos estratégicos. La intervención militar estadounidense en Venezuela golpeó severamente sus intereses petroleros y su mayor mercado de exportación de armas en Sudamérica.
Además, el uso extensivo de Inteligencia Artificial por parte de las fuerzas de seguridad estadounidenses en el conflicto de Irán ha sacudido las evaluaciones militares del mando chino. La ofensiva estadounidense destruyó y vulneró casi todos los sistemas de defensa chinos instalados en Irán.
Aunque el gigante asiático posee una ventaja cuantitativa de armamento en su periferia, expertos militares coinciden en que una invasión a Taiwán representa un riesgo prohibitivo en el corto plazo, agravado por la desaceleración de su economía interna y las purgas en los altos mandos del ejército.
Este equilibrio de vulnerabilidades sostendrá una tensa calma temporal, pero analistas internacionales advierten que la rivalidad resurgirá con mayor fuerza ante los futuros cambios de liderazgo político a ambos lados del Pacífico. (RI/AG/IP/)
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