La IA ahorra tiempo, pero puede aumentar la fatiga mental

Inteligencia Artificial (Imagen Tadamichi)

La inteligencia artificial generativa permite buscar información y redactar textos mucho más rápido, pero esa eficiencia no necesariamente reduce el cansancio. Según el neurocientífico Hiroshi Monai, el problema está en cómo utilizamos la IA y en el esfuerzo mental que exige evaluar sus respuestas.

En declaraciones a Business IT, Monai advierte sobre una forma de cansancio que denomina “fatiga cerebral” (no hiro), aunque aclara que no se trata de un diagnóstico médico. El término describe estados como dificultad para concentrarse o para organizar los pensamientos.


La IA reduce el tiempo necesario para determinadas tareas, pero aumenta otras exigencias: comprender sus respuestas, comprobar si son correctas y determinar si realmente responden a lo que buscamos.

«Lo que sale de la IA son textos, por lo que primero se pone a prueba la ‘capacidad de comprensión lectora’. Además, si no escribimos correctamente el prompt, no obtendremos el resultado que buscamos. Es decir, también necesitamos la ‘capacidad de redacción’ para expresar adecuadamente qué queremos saber. Irónicamente, en la era de la IA se ponen a prueba nuestra comprensión lectora y nuestra capacidad de redacción», explica Monai.

El problema se agrava cuando el cerebro está cansado. En ese estado, las personas tienden a pensar de manera más simplista y pueden aceptar con mayor facilidad como válida una respuesta de IA simplemente porque parece convincente.


EL EXCESO DE INFORMACIÓN AGOTA

Para Mōnai, uno de los principales factores de la fatiga mental es la enorme cantidad de información que recibe actualmente una persona.

«Un factor es la sobrecarga de información. Yo la llamo ‘obesidad informativa’. Actualmente recibimos constantemente grandes cantidades de información procedente del trabajo, las notificaciones y las redes sociales. También ha aumentado el número de veces que debemos decidir si una información es necesaria o no. Nuestro cerebro se cansa porque estamos constantemente obligados a seleccionar y descartar información», señala.


Sin embargo, el volumen de información no es el único problema. El neurocientífico también advierte sobre el efecto de recibirla de manera pasiva.

«Cuando aumenta el tiempo en que recibimos información pasivamente, disminuyen las experiencias de elegir, probar y comprobar los resultados por nosotros mismos. Esto puede debilitar la sensación de que somos nosotros quienes estamos haciendo avanzar una situación», afirma.

La IA lleva esa pasividad a otro nivel. Basta formular una pregunta para recibir inmediatamente una respuesta aparentemente razonable, sin necesidad de realizar por cuenta propia buena parte del proceso de búsqueda.

El usuario queda entonces expuesto a una combinación de factores: demasiada información, decisiones constantes sobre qué aceptar o descartar y menor participación directa en el proceso de pensamiento.

USAR LA IA PARA PENSAR MÁS

No se plantea renunciar a la inteligencia artificial. La diferencia está en utilizarla de forma activa y no simplemente como una máquina que proporciona respuestas.

Uno de los riesgos que debe evitarse es el sesgo de confirmación, la tendencia a seleccionar información que coincide con nuestras propias ideas o expectativas.

El especialista lo explica con un ejemplo sencillo: si una persona escucha que su color de la suerte ese día es el rojo, comenzará a fijarse especialmente en los objetos rojos que encuentre.

«Entonces piensa: ‘Es verdad, hoy he visto muchas cosas rojas. El horóscopo acertó’. Pero simplemente está seleccionando por sí misma ese tipo de información», explica.

El mismo mecanismo puede aparecer al utilizar IA. Si una persona formula una pregunta partiendo de una conclusión que ya desea confirmar, existe el riesgo de obtener una respuesta que refuerce esa posición.

Además, cuanto más se utiliza una herramienta, más puede adaptarse a las preferencias y formas de pensar del usuario. El resultado puede ser un entorno en el que predominan las opiniones que le resultan cómodas. Lo que uno quiere escuchar.

Por eso, se recomienda no aceptar las respuestas de la IA sin cuestionarlas y utilizarla para buscar perspectivas diferentes.

PEDIR A LA IA QUE CONTRADIGA

La IA puede utilizarse no sólo para encontrar una respuesta, sino también para detectar aquello que el usuario no está viendo.

Es importante pensar desde diferentes ángulos: comprobar si la respuesta de la IA es incorrecta, analizar si el texto que uno ha escrito podría provocar una reacción negativa y preguntarse cómo se vería desde otra perspectiva. Eso permite ampliar el propio pensamiento.

Una estrategia concreta consiste en presentar a la IA una hipótesis y pedirle que defienda la posición contraria.

En lugar de preguntar únicamente «¿por qué tengo razón?», se puede solicitar que identifique errores, objeciones, argumentos contrarios, información omitida o escenarios alternativos.

De esta manera, la IA deja de ser una herramienta destinada únicamente a entregar una respuesta rápida y se convierte en un instrumento para poner a prueba el propio razonamiento.

El objetivo no es delegar el pensamiento, sino utilizar la tecnología para encontrar aquello que podría haberse pasado por alto. (RI/AG/IP/)


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