Mujer en Japón lamenta haber traumatizado a su hijo en nombre de la religión

Testigos de Jehová en Japón

 

Ryoko, una mujer que vive en Osaka, recuerda el llanto de su hijo de 2 años cuando lo golpeaba con la palma de su mano como castigo por no quedarse quieto en una reunión religiosa.

Han transcurrido 30 años desde entonces, pero el recuerdo aún la atormenta.

La ex testigo de Jehová recuerda, en declaraciones a Mainichi Shimbun, que cuando comenzó a azotar a su hijo, se preguntaba si estaba haciendo lo correcto.

Sin embargo, la enseñanza religiosa arraigó en ella: “Golpear a un niño es por su bien”.

Ryoko fue víctima de violencia doméstica y encontró refugio y consuelo en la religión.

Tenía 19 años cuando se mudó a Tokio. Conoció a un hombre en su lugar de trabajo y se casó con él. Tenía 21 años cuando dio a luz.

Su esposo comenzó a golpearla después de que quedó embarazada. También golpeaba al recién nacido.

Un día, un testigo de Jehová que vivía cerca de su casa la invitó a una sesión de estudio bíblico.

Ryoko recuerda que los testigos eran amables con ella. Eso caló muy fuerte. Sola y víctima de un esposo violento, se aferró a la religión.

“Quería ser amada por alguien. En la religión, tienes una relación uno a uno con Dios. Me sentí realizada al ser amada por Dios”, explica a Mainichi.

En el sitio donde los testigos se reunían, había una cocina donde los padres golpeaban con un látigo de goma a sus hijos cuando estos no se quedaban quietos durante los estudios bíblicos. Incluso azotaban a los hijos de otros.

Cuando Ryoko preguntó si golpear a los niños era realmente bueno para ellos, el hombre que dirigía las reuniones le reprochó: “No azotarlo significaría que odias a tu hijo”.

Cuando golpeaba a su hijo, le tapaba la boca para que dejara de llorar y gritar. Poco a poco, las dudas se fueron disipando y llegó a convencerse de que lo que hacía era lo correcto.

Cuando su hijo era estudiante de primaria, Ryoko se divorció de su abusivo esposo.

Madre e hijo vivían solos, y Ryoko lo llevaba a las reuniones.

Sin embargo, cuando el chico estaba en tercer año de secundaria, Ryoko intentó forzarlo a ir a una reunión, pero él se negó con firmeza.

Allí comenzaron a cambiar las cosas. Y las dudas volvieron a aflorar.

“¿Es esto lo que haría un Dios amoroso? Debe haber algo mal con su interpretación (de la Biblia)”, pensó ella.

Ryoko comenzó a ser consciente de la traumática infancia que le había infligido a su hijo. Se sentía incapaz de perdonarse.

Cuando su hijo ingresó a la preparatoria, Ryoko le dijo que si quería ir a la universidad, ella se la pagaría.

“Ya que no puedo dejarle dinero, al menos quiero que tenga una buena educación”.

Madre e hijo dejaron de vivir juntos cuando este se mudó a la región de Kanto para asistir a una universidad.

Tras el terremoto de 2011, Ryoko se comunicó con él para preguntarle si estaba bien y si quería quedarse en la casa de los papás de ella en Osaka.

El joven aceptó y durante alrededor de un mes, madre e hijo volvieron a compartir techo. Fue una convivencia pacífica. Las heridas comenzaban a cicatrizar.

Ryoko acompañó a su hijo a la estación de tren, donde él tomaría el shinkansen que lo llevaría de vuelta a Kanto.

En el andén, la mujer tomó la mano de su hijo y le dijo: “Cuando eras pequeño, te golpeé muchas veces. Hice algo que no se puede deshacer. Lo siento mucho”.

El joven asintió con una sonrisa y se despidió de su madre.

Después de que partió el tren, Ryoko recibió un mensaje de texto de su hijo: “Aunque Dios y Cristo no te perdonen, o tú no puedas perdonarte a ti misma, yo te perdono”.

Ryoko decidió entonces abandonar definitivamente la religión.

Aunque hoy se lleva bien con su hijo, la mujer aún no se perdona a sí misma.

“Mi hijo me perdonó, pero el hecho de que abusé de él no se puede borrar. Llevaré esta culpa conmigo por el resto de mi vida”. (International Press)

 

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