Otosan

Otosan, libro de cuentos de Luis Arriola.

 

El 22 de abril se cumplieron 25 años del operativo militar que rescató a un grupo de personas tomadas como rehenes -en la residencia del embajador de Japón en Lima- por un movimiento terrorista en diciembre de 1996.

El periodista y escritor Luis Arriola, exdekasegi, escribió un cuento ambientado en Japón en aquella época y protagonizado por un joven trabajador peruano.

El relato, “Otosan”, pertenece a un libro de cuentos que fue mención honrosa en el concurso literario que periódicamente organiza la Asociación Peruano Japonesa.

Con la autorización de su autor, reproducimos el cuento.

 

Otosan

 

El señor Kobayashi no pensó que su pedido me afectaría tanto. De pie, aguardó mi respuesta mirándome fijo con sus ancianos ojos rasgados. Oculté mi tristeza, fingí una sonrisa y asentí, bajando y subiendo la cabeza, al estilo japonés. Sin embargo, al día siguiente, no cumplí con su orden y lo saludé con un: Ohayoo gozaimasu, Kobayashi san. Aunque él era mi jefe no se molestó y seguí llamándolo por su apellido.

Mi trabajo en su fábrica consistía en hacer agujeros a pequeñas piezas de bronce. Primero, colocaba la pieza en una base metálica y luego la perforaba con un taladro de brocas muy delgadas. Para comprobar que los surcos interiores del orificio estuvieran correctos, enroscaba un tornillo. Lo único incómodo, de este simple trabajo, era mantenerse parado desde las ocho de la mañana hasta el mediodía.

Aunque ganaba pocos yenes, no dudé en aceptar este empleo de medio tiempo en la ciudad de Kikugawa, en Japón. Sabía que si lograba aguantar los meses de más bajas temperaturas en el archipiélago, la crisis económica pasaría y, nuevamente, las grandes fábricas buscarían obreros extranjeros para los trabajos más pesados y sucios. Y así volvería a ahorrar dinero para acortar mi regreso a Perú.

Solo me hacía olvidar la monotonía laboral el buen humor de mis dos únicas compañeras de trabajo Si bien cada una tenía aproximadamente cincuenta años, parecían dos niñas traviesas. A veces se ponían a imitar palabras en español. El señor Kobayashi se reía al verlas intentar conversar en otro idioma. Además de risueño, el jefe demostraba su vitalidad al ir y venir de su casa en una antigua bicicleta Miyata, modelo The Mister, de color negro con asiento de cuero y manubrios relucientes.

Tal vez esta exhibición de vigor tenía relación con el té verde que él preparaba y bebía a la misma hora. A las diez de la mañana, el señor Kobayashi llamaba a su equipo para tomarlo en el descanso. Bebíamos sentados alrededor de su ordenado escritorio, donde tenía un televisor que siempre estaba encendido, un teléfono y un portarretrato con la foto de un joven.

La primera semana soporté tomar el líquido caliente sin azúcar. Sin embargo, decidí arriesgarme y el miércoles 18 de diciembre de 1996, recuerdo con claridad la fecha, cometí un error al pedir endulzarlo.

Sato wa iranai, Arakaki kun —dijo él y se rio.

Mientras bebíamos les comenté que en el Perú el té se tomaba con azúcar. El señor Kobayashi me explicó en japonés que si el té verde se endulzaba perdía su sabor natural. Pensé en defender mi argumento, pero observé que los rostros de las ancianas se tensaban al mirar la pantalla del televisor: Encima de unas banderas de Perú y Japón entrelazadas, aparecían enormes kanjis que desconocía. A pesar de que mi nivel de japonés era regular, no pude entender lo que decía el conductor del noticiero.

Sentí que algo malo había pasado. Las ancianas dejaron de inmediato sus tazas sobre el escritorio y, sin levantar la mirada, se dirigieron a sus puestos a continuar su trabajo. Yo hice lo mismo. El señor Kobayashi siguió sentado mirando la televisión. A los veinte minutos me llamó. Caminé con rapidez y pude reconocer en la pantalla a un periodista peruano explicando en español cómo un grupo de terroristas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru había secuestrado a los invitados que asistieron a la cena por el 63 aniversario del nacimiento del Emperador Akihito en la residencia del embajador japonés.

La transmisión periodística terminó. Mientras en el Perú se acostaban con esta noticia, en Japón los noticieros de la mañana repetían las imágenes de lo ocurrido. El señor Kobayashi bajó el volumen del televisor, se levantó, palmoteó una silla y me pidió que me sentara. Obedecí y él se puso a preparar dos tazas de té verde. Me entregó una, volvió a sentarse y descolgó el auricular del teléfono. «Ya perdí el trabajo, ta mare, ahora sí los japoneses nos van a odiar por estos terrucos», pensé y tomé un sorbo con mucho cuidado.

Sensou wa yoku nai —me dijo el señor Kobayashi en japonés.

Tenía razón: la guerra es mala. Gran parte de mis noches escolares había transcurrido a la luz de las velas por el terrorismo. Años con sonoras explosiones de coches bombas que mataban inocentes, con torres eléctricas caídas que producían apagones, con ruidosos generadores eléctricos en las calles, con temibles toques de queda, con militares tomando las universidades a la fuerza, con la hoz y el martillo y el «Viva el presidente Gonzalo» pintados en cualquier pared, con grupos de aniquilamiento, con desaparecidos; con miedo, mucho miedo.

El señor Kobayashi bebió un poco, dejó la taza de porcelana sobre su escritorio y empezó a contarme acerca del miedo que él también padeció durante la Segunda Guerra Mundial. A sus veinticinco años se enroló, coincidentemente, por su emperador Hirohito en el Ejército Imperial. Su padre Tetsuya y su hermano mayor Tsuyoshi también lo hicieron. El primero murió por la bomba nuclear que cayó en Nagasaki y el último desapareció en un túnel subterráneo construido en una de las tantas islas de Filipinas.

Con voz pausada, me siguió contando que él había defendido la isla de Okinawa, donde los japoneses pelearon contra los estadounidenses con tal ferocidad que los sobrevivientes llamaron a esa batalla «Tetsu no ame» por la intensidad de los disparos. Al final de la guerra regresó a su casa en la prefectura de Shizuoka y asumió el rol de padre de su hermano menor y de jefe de familia porque su madre nunca se recuperó de la guerra. De pronto, se quedó callado. Sentí que en ese momento quería conversar consigo mismo. Dejé la taza con un poco de té y regresé a mi máquina.

Desde ese día, el televisor de la fábrica se mantuvo apagado. Ni el señor Kobayashi ni las ancianas hacían comentarios acerca del secuestro de sus compatriotas en Perú. Muy diferente a lo que vivían otros peruanos en sus trabajos, quienes era acusados de terroristas por sus compañeros japoneses. Los insultos, la discriminación y las burlas se podían soportar. Lo inaguantable era el miedo a la respuesta de la Oficina de Migraciones. Un pánico que aumentaba día tras día en la colonia peruana.

Si los emerretistas mataban a los veinticuatro rehenes japoneses, no quedaría ni un peruano ilegal en Japón y los legales serían discriminados, como ocurrió en julio de 1991 cuando un grupo de Sendero Luminoso mató a tres ingenieros japoneses en Huaral. La represalia de la migra fue inmediata. A muchos descendientes de japoneses no se les renovó la visa de residencia y las batidas a los ilegales aumentaron.

Una mañana, el señor Kobayashi se retiró temprano de la fábrica. En el descanso, las ancianas prepararon el té verde y, mientras bebíamos, me contaron que nuestro jefe era un hombre muy rico. Me sorprendí porque él venía a la fábrica en bicicleta, no usaba anillos de oro, ni lapiceros caros, ni se vestía con ropa elegante. Las ancianas se rieron de mi incredulidad. Según ellas, las piezas que habíamos perforado horas antes iban a ser recogidas, en la tarde, por trabajadores de la empresa que dirigía el hermano menor del señor Kobayashi, la misma que había estado a su cargo tres años atrás.

—¿Su hijo no la heredó? —les pregunté en japonés y señalé el portarretrato.

Una de ellas me respondió que el joven había muerto en un accidente automovilístico en Estados Unidos a los veintidós años. Luego de su fallecimiento, el señor Kobayashi renunció a la gerencia general de la empresa principal y se retiró a una de las sucursales que proveía accesorios.

Pasaron los días y en febrero de 1997 la producción de la pequeña fábrica aumentó. El señor Kobayashi extendió mis horas laborales hasta las tres de la tarde. Las ancianas se despedían de nosotros al mediodía: hora del almuerzo. El jefe también partía a su casa en su antigua bicicleta. Como mi departamento estaba muy lejos prefería almorzar en la fábrica.

Siempre comía sin compañía. Solo una vez se rompió esa costumbre y ahí comprobé lo que me habían dicho las ancianas del señor Kobayashi. En la hora del descanso dos japoneses uniformados entraron a la fábrica y preguntaron por él. Les respondí que pronto regresaría. Aguardaron su arribo en silencio. Minutos después, al verlo entrar a la fábrica sus cuerpos se doblaron en repetidas genuflexiones. El señor Kobayashi los saludó con una leve inclinación de su cabeza y les dio permiso para que se lleven las piezas ya procesadas. Nunca había visto tanta reverencia en un saludo.

Después que los trabajadores partieron, el señor Kobayashi me pidió que cerrara la fábrica porque iríamos a trabajar a otro lugar. Con las puertas aseguradas, él subió a su bicicleta y me preguntó si me gustaba el ochá. Asentí, subí a mi bicicleta y pedaleamos sin apuro. Nos alejamos de las pistas asfaltadas, de las casas y supermercados de Kikugawa. Por el camino, me contó que los fines de semana venía a revisar si sus plantaciones de té verde estaban bien cuidadas y, de vez en cuando, los días de semana.

Llegamos a una colina verde. Bajamos de las bicicletas y subimos por angostos senderos que serpenteaban hasta llegar a la cima. Cada cierto tramo él revisaba si el frío y los insectos habían afectado las hojas de los arbustos. También palpaba y daba suaves golpes con sus dedos a las raíces. Solo cuando llegamos a la cima se detuvo, miró el horizonte y aspiró el aroma con los brazos alzados como queriendo tocar el cielo.

—Arakaki, ¿cuántos años piensas quedarte en Japón? —me preguntó en japonés.

—Hasta que logré ahorrar mucho dinero —le contesté.

—¿Y tu padre está de acuerdo?

—No tengo papá.

El señor Kobayashi se dio cuenta de mi fastidio. Para cambiar el tema de conversación, me preguntó si conocía nuevas noticias sobre la toma de la residencia del embajador japonés en Lima. Le mentí diciéndole que no tenía la menor idea. Sabía que el primer ministro de Japón insistía en una solución pacífica a la crisis y por eso el Gobierno peruano buscaba un país que asilara a los emerretistas.

—Ojalá termine pronto el secuestro. No es justo para los rehenes —añadió.

En el ocaso descendimos de la colina y regresé a mi departamento. ¿Rehenes? ¿Justicia?, pensé al bañarme. Yo también era rehén del recuerdo de mi padre. Él había abandonado a mi mamá a los pocos meses de mi nacimiento. Por eso me deprimí cuando el señor Kobayashi me pidió en señal de confianza que ya no lo llamara por su apellido sino otosan. Tantos años que no pronunciaba esa palabra. Sentía que aunque la dijera en otro idioma me afectaría.

A las dos semanas, sin querer, propicié que la paciencia del señor Kobayashi llegara a su límite. Todo empezó porque me descubrió cantando. Me miró sorprendido y le conté que siempre que terminaba de trabajar iba en bicicleta a ver a una chica. Sonrió y empezó a explicarme la teoría de las notas musicales, el ritmo y la adecuada entonación. Horas después, al terminar mi turno, volví a intentarlo y él movió su cabeza como si todavía estuviera lejos de la perfección.

Practicamos hasta la quincena de marzo en la fábrica y un feriado me llevó al karaoke para que cantara con micrófono en mano. Él escogió en la máquina la canción «My way», de Frank Sinatra. Me preguntó si la conocía y le respondí que sí porque existía una versión en castellano. El señor Kobayashi cogió el micrófono y al escuchar la melodía empezó a cantar. Su pronunciación del inglés era perfecta al igual que las inflexiones de su voz. Terminó y aplaudí.

Llegó mi turno. El primer intento desafiné, el segundo más o menos, el tercero algo mejor. Por eso el señor Kobayashi evaluó que necesitaba más clases. Un viernes, al mediodía, le confesé al señor Kobayashi que la chica que me gustaba era una anfitriona del bar coreano de Kikugawa y que, aunque desconocía su nombre, quería conquistarla cantando sin errores.

Abunai yo —me advirtió, y añadió con voz preocupada que ya no me enseñaría a cantar.

Me enojé. Tantas semanas de prácticas en vano. Esperé que terminara mi turno y, a las tres en punto, me despedí de él. No escuché su respuesta.

Anocheció y decidí que ya era hora de conocerla. Entré al bar y me senté en la barra. La luz era muy tenue. Pedí una cerveza. El cantinero hizo como si no me escuchara. Insistí. Cumplió a regañadientes con mi pedido. Con la mirada la busqué. Ella atendía a unos clientes. Al poco tiempo, se levantó del sofá de cuero negro y caminó directo a mí con su corto vestido rojo. Sentí su mirada, pero lo que más me perturbó fue el sonido de sus tacos aproximándose. En sus manos traía la lista con las canciones. Antes de que me la entregara, le pedí «My way». Minutos después, cantaba la primera línea.

De pronto, escuché silbidos. Pensé que era un borracho. Seguí cantando y las pifias se transformaron en insultos en japonés y luego en otro idioma que deduje era coreano. La tensión aumentó cuando los vi pararse. La chica coreana les pidió que no hicieran problemas. Yo también me paré y dejé el micrófono sobre la barra. Los coreanos avanzaron en mi dirección. La música seguía sonando. Eran tres. El dueño del bar solo observaba. Me rodearon y me sujetaron el cuello y los brazos con fuerza.

En el forcejeo entró un cliente. El dueño del bar lo saludó con mucho respeto y le preguntó si quería un ambiente privado. El señor Kobayashi le contestó que iba a tomar whisky conmigo en la barra. El whisky más caro, recalcó. El dueño del bar les gritó a sus compatriotas y ellos regresaron a su mesa. Kobayashi levantó el micrófono y siguió con la última estrofa de «My way». Acabé mi bebida justo cuando él terminaba la canción. Sin beber ni una gota de su vaso, pagó la cuenta, dejó la botella casi llena y salimos del bar.

Ya en la calle, me contó que el dueño del bar había trabajado para él y que los matones que estuvieron a punto de pegarme eran los hermanos de la chica coreana; que todos en Kikugawa sabían que ese bar no permitía el ingreso de extranjeros ni de japoneses, que la razón principal de esa norma era en respuesta a las décadas de explotación y discriminación que vivían los coreanos en el país del Sol Naciente. Esa madrugada, cumplí con el pedido del señor Kobayashi.

Arigatou, otosan.

En abril, la economía japonesa mejoró. Conseguí un empleo con mayor paga y, sobre todo, con horas extras. Para no ser desleal, le conté al señor Kobayashi sobre la oferta laboral y sin rodeos me dijo lo que pensaba.

—Junta todo el dinero que puedas en el menor tiempo y regresa a ver a tu familia.

Nuevamente le di las gracias por salvarme de la golpiza de los coreanos. Él escuchó atento, se sacó los lentes y luego de limpiarlos con un pañito se los volvió a poner.

—A veces, el haber vivido cosas difíciles de joven te ayuda a tener una buena conversación.

En mi nuevo trabajo, dejé de tomar té verde. Era una empresa enorme con máquinas automáticas de bebidas de gaseosas y café en latas. Estaba ubicada en la ciudad aledaña a Kikugawa: Kakegawa. Tenía un amplio comedor con teléfono y todos estábamos uniformados. Me tocó el primer turno, de seis de la mañana hasta las tres de la tarde. Muchas veces tenía ganas de llamar al otosan, pero siempre pasaba algo y me olvidaba.

Sin embargo, la mañana del 23 de abril de 1997 decidí hacerlo, pues una buena noticia empezó a correr de boca en boca entre los trabajadores peruanos. Luego de cuatro meses, los rehenes japoneses y peruanos habían sido liberados por ciento cuarenta comandos del Ejército del Perú. Los jefes y compañeros japoneses nos felicitaban, nos compraban café en lata y compartían sus cigarrillos. Nosotros orgullosos y tranquilos porque sabíamos que en estas islas ya no seríamos discriminados ni tratados mal por la migra.

Como eran las seis de la mañana esperé el descanso. A las nueve en punto me saqué los guantes, troté al teléfono y marqué el número de la fábrica del señor Kobayashi. A la tercera timbrada, contestó una voz femenina diferente a las ancianas trabajadoras. Me presenté en japonés y le pregunté por el otosan. Ella me dijo que era su esposa.

—El señor Kobayashi te ha dejado su bicicleta —dijo ella en nihongo y añadió lo impensable.

Colgué y con el rostro desesperado me acerqué al jefe de turno y le pedí permiso para salir. El japonés, al escuchar mi voz quebrada, aceptó. Corrí a la estación de trenes y subí a uno que me dejó en Kikugawa. Tomé un taxi y llegué a la pequeña fábrica. Toqué la puerta. Con el permiso de la señora Kobayashi, entré. Ni una máquina estaba prendida. Tampoco el televisor. Ella abrió uno de los cajones del escritorio del otosan y me entregó la llave del seguro de la bicicleta de su esposo.

Domo arigatou —le dije con los ojos rojos y bajé la cabeza levemente.

Salí de la fábrica devastado. Encontré a la Miyata negra, con sus manubrios y aros brillantes. Abrí el candado, me monté en el asiento de cuero y empecé a pedalear sin rumbo. Seguí pedaleando más y más rápido. Cuando las casas empezaron a desaparecer, encontré mi camino. Algunos tramos, abandonaba el timón para limpiarme las lágrimas con ambas manos. Tenía que llegar a las plantaciones del señor Kobayashi. En la verde colina, dejé la vieja bicicleta en el suelo y corrí a la cima. En la parte más alta, el viento movía las hojas de los arbustos. Miré el cielo, alcé los brazos, estiré los dedos de mis manos y sentí que yo también había dejado de ser un rehén del recuerdo de mi papá, de mi otosan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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