Ancianas en Japón: robar para ir a prisión y no sentirse solas

 


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Casi una de cada cinco mujeres en prisión en Japón es anciana. Nueve de cada diez han sido condenadas por delitos menores (robos de artículos de escaso valor).

Entre 1980 y 2015, el número de ancianos que viven solos se multiplicó por más de seis, llegando casi a los seis millones.

En 2017, el gobierno de Tokio descubrió a través de un estudio que más de la mitad de los ancianos arrestados por robos menores vivían solos. El 40 % no tenía familia o rara vez hablaba con sus parientes.

Todos estas cifras reflejan la realidad de una sociedad envejecida en la que muchos ancianos no roban por necesidad económica, sino emocional. Roban para ir a prisión, donde hablan con otras personas, interactúan con ellas y se sienten acompañados (o menos solos).

Los costos para mantenerlos en prisión están aumentando rápidamente, según Bloomberg. Por ejemplo, los gastos médicos anuales en los establecimientos penitenciarios superaron los seis mil millones de yenes (55 millones de dólares) en 2015, un 80 % más que una década atrás.

Muchas veces, los guardias más parecen trabajadores de asilos. Ayudan a los ancianos a bañarse o ir al baño. Uno de los problemas con los que deben lidiar es la incontinencia.

Satomi Kezuka, una guardia con amplia experiencia en la prisión de mujeres de Tochigi, contó que las ancianas se avergüenzan y esconden su ropa interior. Kezuka les dice que le lleven sus prendas para lavarlas.

Es un trabajo difícil. Más de un tercio de las empleadas penitenciarias renuncia a su trabajo en un periodo de tres años.

Bloomberg recogió testimonios de ancianas recluidas en prisión. A cada una identificó con una letra y su edad. Varias eran reincidentes.

T (80 años)

Sentenciada a dos años y medio por robar huevas de bacalao, semillas y una sartén. Cuarta condena. Tiene esposo, un hijo y una hija.

Cuando era joven, no pensaba en robar. Todo lo que pensaba era en trabajar duro. Trabajé en una fábrica de caucho durante 20 años y luego como cuidadora en un hospital. El dinero siempre fue escaso.

Mi esposo tuvo un derrame cerebral hace seis años y ha estado en cama desde entonces. También tiene demencia y sufre de delirios y paranoia. Era mucho cuidar de él física y emocionalmente debido a mi vejez. Pero no podía hablar de mi estrés con nadie porque me avergonzaba.

Fui encarcelada por primera vez cuando tenía 70 años. Cuando robé en una tienda, tenía dinero en mi cartera. Entonces pensé en mi vida. No quería ir a casa, y no tenía a dónde ir. Pedir ayuda en la cárcel era el único camino.

Mi vida es mucho más fácil en la cárcel. Puedo ser yo misma y respirar, aunque sea temporalmente. Mi hijo me dice que estoy enferma y que debería ser hospitalizada en una institución mental. Pero no creo que esté enferma. Creo que la angustia me llevó a robar.

 

N (80 años)

Sentenciada a tres años y dos meses por robar un libro, croquetas y un abanico. Tercera condena. Tiene un esposo, dos hijos y seis nietos.

Estaba sola todos los días y me sentía muy solitaria. Mi esposo me daba mucho dinero, y la gente siempre me decía lo afortunada que era, pero el dinero no era lo que quería. No me hacía feliz para nada.

La primera vez que robé fue hace unos 13 años. Entré en una librería y robé una novela. Me atraparon, me llevaron a una estación de policía y me interrogó el policía más dulce. Fue muy amable. Escuchó todo lo que quería decir. Sentí que por primera vez en mi vida me escuchaban. Al final, me tocó suavemente el hombro y dijo: “Entiendo que Ud. estaba sola, pero no vuelva a hacer esto”.

No puedo decirle cuánto disfruto trabajando en la fábrica de la prisión. El otro día, cuando me felicitaron por lo eficiente y meticulosa que era, entendí la alegría de trabajar. Lamento no haber trabajado nunca. Mi vida hubiera sido diferente.

Disfruto más de mi vida en prisión. Siempre hay gente alrededor, y no me siento sola aquí. Cuando salí (de prisión) por segunda vez, prometí que no volvería. Pero cuando estaba fuera, no podía evitar sentir nostalgia.

O (78 años)

Sentenciada a un año y cinco meses por robar bebidas energéticas, café, té, una bola de arroz y un mango. Tercera condena. Tiene una hija y un nieto.

La prisión es un oasis para mí, un lugar para la relajación y la comodidad. No tengo libertad aquí, pero tampoco tengo nada de qué preocuparme. Hay mucha gente con quien hablar y nos dan comidas nutritivas tres veces al día.

Mi hija me visita una vez al mes. Ella dice: “No siento pena por ti. Eres patética”. Creo que ella tiene razón.

 

F (89 años)

Robó arroz, fresas y medicina para el resfrío. Sentenciada a año y medio de prisión. Tiene una hija y un nieto. Segunda condena.

Estaba viviendo sola, de la asistencia social. Antes vivía con la familia de mi hija y usé todos mis ahorros cuidando de un yerno abusivo y violento.

A (67 años)

Sentenciada a dos años y tres meses por robar ropa. Tiene un esposo, dos hijos y tres nietos. Primera condena.

Robé más de 20 veces, siempre ropa, no cara. No es que necesitara dinero. La primera vez que robé, no me atraparon. Me di cuenta de que podía obtener lo que quería sin pagar, lo que me pareció divertido y emocionante. Mi esposo ha sido comprensivo. Él me escribe regularmente. Mis dos hijos están enojados, mis tres nietos no saben que estoy aquí. Creen que estoy hospitalizada.

(International Press)


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