Aprendiendo a hablar en familia. Por Irma Aráuz

Organización y querer hacerlo implican encontrar tiempo para escuchar.

Irma Arauz

¿Cuánto tiempo habla con su familia? Últimamente uno de los problemas de la comunidad es la falta de tiempo para sentarse a hablar en familia. Dentro de una misma familia cada uno vive en su mundo y casi ninguno sabe lo que siente o piensa el otro. Están juntos, comparten el techo y las comidas sin calma y dejan de discutir sobre los temas que les interesan a todos para encerrarse nuevamente en su mundo.

La mayoría de las personas entienden perfectamente lo que tienen que hacer pero se les hace difícil llevarlo a la práctica. Saben que tienen que organizarse y buscar un espacio para hablar con su pareja o con cada uno de los hijos pero ¿cómo hacerlo? si siempre estamos trabajando fuera de casa y llegamos cansados y sin ganas de nada.

Una de las claves es precisamente la voluntad para organizarse y hacerlo sin postergar y dejar que los días pasen.

Organización y querer hacerlo implican encontrar tiempo para escuchar y esto signifíca abrir un buen espacio en el propio tiempo y dejar de lado otras cosas que nos interesan mucho, pero que no son tan importantes como encender el televisor, sacar el móvil y ponerse a “chatear” con whatts up, line, o conectarse a internet y alejarse del mundo.

La primera lección es la escucha activa que es fácil de entender pero difícil de practicar, porque para entablar un buen diálogo hace falta ese “espacio” y simplemente debe ponerse en actitud de escucha. El diálogo nos permite ponernos en contacto con el corazón del otro, nos permite acceder a su intimidad, a sus intereses, a sus dolores y a su cansancio. Al mismo tiempo dispone nuestro corazón para la acogida.

 

Dialogar no es dar, es recibir, aceptar tener paciencia para no interrumpir, pero todo con cariño hacía el otro porque me interesa lo que dice, lo que es, lo que sueña…

 

Dialogar no es dar, es recibir, aceptar tener paciencia para no interrumpir, pero todo con cariño hacía el otro porque me interesa lo que dice, lo que es, lo que sueña y lo que ama y a todo esto se le llama abrir el corazón y no sólo a los amigos sino a nuestra familia más que nadie y la cual debe ser nuestra prioridad.

La segunda condición es básica pero más difícil. Conversar signifíca escuchar a alguien que me está tratando de decir algo o lo que hablo ante alguien que me está escuchando. ¡Eso lo sabemos todos! No es nada nuevo, pero no es tan fácil tener “algo que decir” a la familia y preferimos callar (mendo kusai: ¡Ay, qué flojera!) y llenar ese tiempo libre con otras cosas que muchas veces nos agobian o hunden más.

Aunque resulte difícil conviene de vez en cuando renunciar al frenesí habitual. Sentarse con su pareja, llamar a los chicos que también viven frenéticamente entre los estudios, el deporte, los amigos, la televisión, si es que no han caido en el vicio de los videojuegos o del celular, y crear un clima para la escucha activa.

Al principio no es nada fácil, pues se cree que ya no hay nada que decir, pero a veces el silencio ayuda mucho cuando se hace intolerable, y siempre habrá alguien que lo rompa y de ahí se puede iniciar un diálogo.

Lo que uno deje de hacer será siempre menos importante, que el amor a la familia, aunque se trate de no ver algún día su partido favorito, su telenovela favorita o facebook.

¿Cómo hacerlo? Primero puede ser el papá que cuente una anecdota del trabajo, otro día puede ser la mamá y así poco a poco los hijos se animarán a hablar de algo, en este caso no presionarlos y dejar que ellos hablen cuando tengan ganas.

Nada es fácil pero intentarlo puede traerle una gran ganancia y aumentará su cuenta en el banco del amor familiar y ese no tiene precio.

 

(*) La psicóloga, columnista de International Press. E mail: [email protected]

 



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