Si has estado en Japón durante septiembre, seguramente habrás visto dibujos de conejitos, montañas de dango y anuncios de hamburguesas “tsukimi” por todas partes. Y es que llega una de las tradiciones más queridas del otoño japonés: el Tsukimi, la contemplación de la luna.
Pero antes de hablar de la luna, hay que mencionar otra fecha importante de esta época: el Shubun no Hi (秋分の日), el Día del Equinoccio de Otoño. Se celebra alrededor del 23 de septiembre y es un feriado dedicado a recordar a los antepasados. Muchas familias visitan las tumbas de sus seres queridos y aprovechan para reunirse. También marca un momento simbólico del año: el día y la noche tienen casi la misma duración, como si el verano se despidiera definitivamente para dar paso al otoño.
Apenas unos días después llega el Jugoya (十五夜), la noche de la luna de mediados de otoño. Este año se celebra el 25 de septiembre. Aunque muchas veces se confunden, el Jugoya no es lo mismo que el Tsukimi. El primero es la fecha; el segundo es la costumbre de contemplar la luna.
¿Y por qué los japoneses miran la luna con tanta atención? La tradición llegó desde China hace más de mil años. En la época de la corte imperial, los nobles organizaban reuniones para admirar la luna reflejada en estanques y escribir poemas inspirados en su belleza. Con el tiempo, la costumbre se extendió al resto de la población y comenzó a relacionarse también con la gratitud por las cosechas de otoño.
Por eso, durante el Tsukimi es habitual decorar la casa con ramas de susuki, una hierba que recuerda a las espigas de arroz, y colocar los famosos tsukimi dango, pequeñas bolitas de arroz que representan una ofrenda y el agradecimiento por las cosechas.
Y aquí aparece uno de los personajes más entrañables del folclore japonés: el conejo de la luna.
Mientras que en algunos países las manchas de la superficie lunar recuerdan un rostro humano, en Japón se dice que tienen la forma de un conejo preparando mochi. Pero ¿por qué un conejo estaría haciendo mochi en la luna?
La explicación está en una antigua leyenda budista. Cuenta la historia que un dios quiso poner a prueba la generosidad de tres animales y bajó a la Tierra disfrazado de un anciano hambriento. Los animales intentaron ayudarlo ofreciéndole lo que tenían. El conejo, sin embargo, no encontraba nada que pudiera darle de comer.
Al ver que no podía ofrecerle alimento, el conejo tomó una decisión extrema: se ofreció a sí mismo como comida y pidió que lo arrojaran al fuego. Conmovido por semejante muestra de generosidad y sacrificio, el dios reveló su verdadera identidad y decidió recompensarlo.
En lugar de dejar que muriera, lo llevó a la luna para que su figura pudiera ser contemplada por todos. Y así nació la imagen del conejo lunar.
Pero en Japón el conejo no aparece simplemente sentado en la luna. Se dice que está golpeando arroz con un gran mortero para preparar mochi. De hecho, la expresión japonesa para “hacer mochi” es mochi o tsuku, y la imagen del conejo trabajando con el mortero se convirtió en una de las representaciones más conocidas de la luna llena.
Desde entonces, generaciones de niños japoneses han crecido mirando al cielo y buscando al pequeño conejo con su mortero. Y quizás esa sea una de las cosas más bonitas del Tsukimi: no hace falta una gran celebración para disfrutarlo. Basta con mirar la luna, preparar unos dango y dejar volar un poco la imaginación.
Porque en Japón, cuando llega la luna de otoño, el cielo también cuenta historias. (Nancy Matsuda)
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