Si últimamente viste un muñeco de cara redonda, mejillas infladas y gesto de chuparse el dedo colgando de bolsos o mochilas, no es casualidad. Ese personaje se llama Monchhichi (モンチッチ) y, aunque para muchos parece una novedad, en realidad tiene más de 50 años de historia.
Monchhichi nació en 1974, en el barrio de Katsushika, en Tokio. Su aspecto tan particular —cara y manos de plástico blando, y cuerpo de peluche blanditos y flexibles— no fue una decisión estética pensada desde el inicio, sino el resultado de una limitación técnica. La empresa que lo creó, Sekiguchi, era especialista en fabricar muñecas de plástico, pero cuando intentó entrar en el mundo de los peluches se encontró con un problema: no sabía hacer bien las caras con tela y relleno.
Lo que sí dominaba era la técnica de moldeado propia de las muñecas. La solución fue entonces combinar ambos materiales: rostro y extremidades moldeados, y un cuerpo de peluche suave. De esa mezcla nació un estilo que hoy se conoce como “vinyl plush” (vinilo y peluche), un formato que actualmente vuelve a estar de moda y que Monchhichi ya había establecido hace más de medio siglo.
Tras su lanzamiento, Monchhichi se convirtió en un éxito inmediato en Japón. Pronto comenzaron las exportaciones a Europa y aparecieron nuevos personajes, ropa, accesorios, muebles para jugar y campañas publicitarias. Fue su primer gran boom, que lo transformó en un ícono de la cultura popular infantil de los años 70.
Con el paso del tiempo, como ocurre con muchos productos de moda, el entusiasmo fue bajando. En 1985, la producción se detuvo en casi todo el mundo, salvo en Francia, y Monchhichi desapareció de las tiendas durante cerca de una década.
El regreso llegó desde el extranjero. En 1996, a pedido de distribuidores europeos, Monchhichi volvió al mercado, esta vez con una estrategia distinta: no pensarlo solo como un juguete para niños, sino también como un objeto que podían disfrutar los adultos que habían crecido con él. Así comenzó su segundo boom.
En los años 2000, la empresa impulsó una campaña que todavía muchos recuerdan: Monchhichi se casó, formó una familia y tuvo un bebé. Incluso se celebró una boda real en un hotel, con empleados de la compañía como testigos. Esta propuesta, tan seria como peculiar, atrajo la atención de los medios y reforzó el vínculo emocional con los fans.
Hoy, Monchhichi vive su tercer gran momento. El turismo internacional, las redes sociales y la moda de llevar muñecos como accesorios han sido claves en este nuevo auge. Su estética suele compararse con personajes actuales como Labubu, pero lo cierto es que Monchhichi fue pionero en este tipo de diseño mucho antes de que se convirtiera en tendencia.
Las cifras acompañan este fenómeno: en apenas dos años, las ventas se multiplicaron varias veces, confirmando que no se trata solo de nostalgia. Nuevas generaciones lo descubren por primera vez, mientras otras lo reencuentran desde un lugar distinto.
Más que un simple muñeco, Monchhichi es un ejemplo de cómo un diseño nacido casi por casualidad puede convertirse en identidad, y de cómo un personaje bien cuidado logra reinventarse con el tiempo sin perder su esencia. (Nancy Matsuda)
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