

Hace unos días, mientras acompañaba como intérprete en un hospital, viví una escena que, a pesar de su simplicidad, me dejó una profunda reflexión. Me encontraba en la sala de espera cuando una señora de casi 90 años, con una expresión tranquila y una leve sonrisa, se dirigió a mí y me dijo:
«Hoy iba a venir una persona joven a acompañarme, pero está ocupada cuidando a otros y no pudo venir. Vine sola. Que tengas un buen día».
La conversación no duró más de 20 segundos. Sin embargo, esas palabras y la tranquilidad con la que lo dijo me conmovieron profundamente.
Al principio, sentí una gran admiración. Ver a una mujer de esa edad enfrentando sola una consulta médica, sin quejarse, sin reprochar a nadie, e incluso deseando un buen día a quienes la rodeábamos, fue un acto de fortaleza que me hizo reflexionar sobre el valor de la autonomía y la gratitud.
Sin embargo, al mirar más de cerca, surgió en mí otra pregunta inevitable: ¿Realmente era autonomía? ¿O era soledad? ¿Acaso no sería que, simplemente, no había nadie disponible para acompañarla?
Como hijo único, y como persona que ha crecido acompañando a personas mayores y a inmigrantes que enfrentan barreras lingüísticas y sociales, sé que la “autonomía” a veces no es fruto de una decisión libre, sino de la falta de opciones.
No todas las personas mayores, ni todos los extranjeros que viven en Japón, tienen una red de apoyo. Algunos se ven obligados a valerse por sí mismos no porque quieran, sino porque no hay a quién recurrir. He visto durante años, en mi labor como intérprete, cómo la soledad, la dificultad para comunicarse o limitación de movimiento, terminan convirtiéndose en una “autonomía forzada”.
Por eso, esta escena aparentemente sencilla me recordó que, como sociedad, debemos preguntarnos: ¿Estamos ofreciendo a las personas mayores y a quienes enfrentan barreras (lingüísticas, sociales o económicas) la posibilidad de elegir? ¿O estamos dejando que la falta de alternativas disfrace la soledad de autonomía?
Autonomía de una persona, más aún anciana, no debe ser sinónimo de aislamiento. La verdadera autonomía es aquella que puede decidirse, que convive con la posibilidad de pedir ayuda sin vergüenza, sin miedo, y con la seguridad de que habrá alguien dispuesto a escuchar.
Hoy más que nunca, Japón y muchas sociedades envejecidas y multiculturales deben reflexionar: ¿Cómo podemos crear un entorno donde nadie tenga que resignarse a enfrentar solo situaciones que deberían ser compartidas? ¿Cómo garantizamos que tanto personas mayores como inmigrantes tengan el derecho de decidir cuándo valerse por sí mismos y cuándo ser acompañados?
Este episodio no fue solo un momento pasajero. Me dejó una pregunta abierta, que hoy comparto: ¿Estamos construyendo una sociedad que ofrece autonomía real o, sin darnos cuenta, estamos dejando a muchos enfrentar su vejez o su vida en soledad?.
(*) Presidente del Grupo Aizawa
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