Jorge Barraza: “Un chico de 3 años, a cuartos de final”

Jorge Barraza

Jorge Barraza

Publicidad

Por Jorge Barraza*

Hacía 16 años que un equipo peruano no clasificaba a Cuartos de Final de la Libertadores. Acaba de conseguirlo Real Garcilaso, un club chico, que aún no cumple sus cuatro años de existencia. En verdad, para ser precisos, debería crecer bastante para alcanzar la dimensión de club chico. De momento es apenas un equipo de fútbol. Esto es lo que agiganta su hazaña de meterse entre los 8 mejores de América de este 2013. De tocarse el codo con Atlético Mineiro, Corinthians, Boca Juniors, Fluminense, con tantos colosos centenarios, populares, llenos de gloria, entre quienes el simpático Garcilaso parece hacerse un lugar diciéndoles “córranse, pues…”

Dieciséis años atrás Real Garcilaso aún no había sido fundado. Y faltaban muchos años para eso… Cuando el 3 de junio de 1997 Sporting Cristal avanzó a cuartos de final de la Copa eliminando al Bolívar de La Paz, Garcilaso no era siquiera una idea. Vio la luz doce años después.

Lo notable es que consigue su proeza dejando en el camino al ilustre Nacional de Montevideo, un tricampeón de América a quien un libro denomina “El campeón de los tres siglos”, en alusión a su nacimiento en 1899. Ciento diez años y 130 títulos de campeón le lleva Nacional. Y Garcilaso lo tumbó. Es lo bonito del fútbol: todo lo que puede suceder, sucede. Aunque parezca imposible, loco, quimérico.

Todavía tenemos latente la eliminación del Real Madrid de Cristiano Ronaldo y sus “sereneiders” en la Copa del Rey a manos de un plantel de trabajadores y semiprofesionales reunidos bajo el nombre de Agrupación Deportiva Alcorcón. El 27 de octubre de 2009, los mecánicos y oficinistas golearon 4 a 0 al club de Bernabéu y Di Stéfano. La fecha que será por siempre un hito en su historia. Es como que en el tenis el número mil del ránking aplaste y saque de carrera al uno. Sólo en fútbol puede pasar. Y pasa. Es uno de los secretos de su encanto.

De la Liga Distrital del Cusco en 2009, Garcilaso pasó a la Primera División de la Liga cusqueña en 2010, a la Copa Perú en 2011, a la máxima categoría del Perú en 2012 y a la Copa Libertadores en 2013. Una escalera mágica donde cada paso ha sido una alegría nueva y más grande.

Y ahora esto… Tal vez la gesta frente a Nacional le haya reportado sus primeros hinchas propios. Uno de los artífices de este milagro cusqueño es sin duda su técnico, Fredy “Petróleo” García. El fútbol es generador de apodos simpáticos, pero este es definitivamente sensacional. Con ese apelativo, si gana la Libertadores, no lo olvidarán ni en mil quinientos años.

No es hora de hablar de tácticas, de cómo se para Garcilaso en la cancha, la epopeya sobrepasa los análisis estratégicos. Siempre es edificante cuando lo emocional supera a los aspectos técnicos en la retrospectiva posterior. Significa que ha aparecido la épica. El fútbol es eso, emoción. Eso es lo que va el público a buscar al estadio.

Desde ya, y con todo respeto por los demás competidores, seremos uno de los muchos millones de aficionados sudamericanos que en la próxima ronda harán fuerza por la “Máquina celeste”, creada por “Petróleo” y por la iniciativa de la familia Vásquez, de la virreynal ciudad.

Cuando aún no salíamos del asombro por Garcilaso, devino el sensacional campanazo del Wigan, ayer sábado, al ganar la 132° edición de la Copa Inglesa frente al poderoso Manchester City de las estrellas. El Wigan, que necesita un milagro más para salvarse del descenso (está casi condenado) se dio el gusto de su vida: ganar por primera vez el torneo de fútbol más antiguo del mundo. En Wembley y con toda la pompa que rodea a esta competencia.

Como toda proeza, tuvo ribetes dignos del cine: el minúsculo frente al gigante. El gigante que parece aplastarlo en cualquier momento, pero el arquero Joel Robles que se ataja todo. Luego Callum McManaman, un puntero que es un facsímil del inolvidable Jimmy Johnstone, comienza a vestirse de muchachito, enloqueciendo a todos los “ciudadanos” como si fuera Garrincha, Willington Ortiz o Houseman. Y cuando ya el reloj canta el final, minuto 90 y moneditas, aparece el colorado Ben Watson, antcipa a todos y mete un cabezazo histórico a un ángulo. Lo posterior es imaginable: llantos, sonrisas, saltos, abrazos interminables de gente vestida de azul y blanco. Hinchas mirando al cielo en agradecimiento.

Merecidísimo fue. Jugó al 110 por ciento el Wigan, puso toda la actitud del mundo en esos 90 minutos, quiso entrar en la historia. Y aunque el martes pierda ante el Arsenal y le toque descender, lo tomará como una anécdota. Las alegrías de los cuadros chicos son esporádicas, pero valen triple. Son historias de amor maravillosas, auténticas aventuras humanas nacidas en los sueños. Garcilaso y el Wigan tienen dueños millonarios, pero ello no les quita lo homérico: siguen siendo chicos, donde las estrellas del equipo son el corazón, la camiseta, el barrio, la comarca. Clubes con presupuestos cincuenta o cien veces inferiores a sus rivales nacionales y extranjeros. Hay que ser de un chico para entenderlo. Es la emoción desatando el orgullo.

*Ex articulista de El Gráfico y director de la revista Conmebol, (a) International Press.


Publicidad

Publicidad


Descarga el App de Súper Tokio Radio



Publicidad