Christian Zevallos retrata en «Todos vuelven» la migración peruana a Japón

Christian Zevallos Nakandakari, autor de Todos Vuelven

Cuando el peruano Christian Zevallos Nakandakari habla, no gesticula como quien busca palabras en un diccionario ilustre. Él busca imágenes. Alza las manos, encuadra con los dedos en el aire y afina la mirada a través de ese visor improvisado como hacen los cineastas. «Yo no me considero ni un escritor, ni un literato ni nada», confiesa con una sencillez limpia, desarmada de artificios. «Simplemente soy un soñador que quiere que su historia se haga conocer. Lo que sí sé hacer son guiones, narrar en imágenes».

Esa mirada puramente visual es la que sostiene «Todos vuelven». El proyecto no nació con la idea de una novela; en la cabeza de Christian siempre fue, desde el primer día, un guion cinematográfico concebido plano a plano. Cuando le piden describir cómo arranca la película, él proyecta de inmediato la escena: «el cielo plomizo del Centro de Lima cayendo hacia la tarde, el caos de los bocinazos y una voz limpia que empieza a cantar El plebeyo en el Jirón de la Unión. Alrededor, la gente detiene el paso, dos ancianos ensayan unos pasos de vals y un muchacho de veintidós años acompaña la melodía rasgueando las cuerdas de una guitarra para ganarse las monedas del día. Ese joven es Martín. Y en sus manos descansa una herida que miles de peruanos conocen de memoria».


UN DESTETE A LOS DIECISIETE AÑOS

Para comprender el corazón de esta historia hay que retroceder a la propia piel de su autor. A los diecisiete años, cuando Christian recién ingresaba a la universidad para estudiar Ciencias de la Comunicación, su madre tomó una maleta y subió a un avión hacia Japón. No había dinero en casa para costear una carrera privada y el archipiélago ofrecía la promesa del salario obrero que Lima aún negaba.

Aquel viaje partió su vida en dos. El chico travieso del Colegio Peruano Japonés de La Victoria, acostumbrado a la barra de Universitario de Deportes y a la esquina, se quedó viviendo completamente solo en un cuarto alquilado en Jesús María. «Hasta ese momento siempre había vivido con ella. Fue un destete real, de un momento a otro», recuerda. «Solito me cocinaba, solito me buscaba todo. A esa edad no es fácil; compras en la bodega tu galleta de soda con tu bizcocho y tu Coca-Cola, y ese es tu desayuno».


En medio de esa soledad apareció un ancla: el ejemplo silencioso que llegaba por correspondencia bancaria. Su madre trabajaba turnos extenuantes en las fábricas japonesas, pero jamás trasladó ese peso a su hijo. «Mi mamá nunca me dijo nada, nunca se quejó, nunca me dijo que trabajaba duro, nunca me dijo absolutamente nada. Ella me mandaba el dinero y preguntaba: ‘¿Ya estás bien? Ya te estoy mandando tu platita’. Ni siquiera me presionaba».

La certeza de ese sacrificio transformó al muchacho desordenado en un estudiante riguroso que no reprobó una sola materia en cinco años de universidad: «Terminé la carrera invicto, porque ya era consciente del golpe».

MIRAR EL MUNDO A TRAVÉS DE UN ENCUADRE


A Christian lo atrapó el oficio de contar desde la infancia, cuando los domingos frente al televisor devoraba los reportajes periodísticos de fondo. Con el tiempo dirigió cortometrajes premiados como S.I.N. Salida y produjo documentales dedicados al Cienciano del Cusco. En julio de 2008 viajó a Japón con la idea de quedarse tres meses de visita, pero en una caminata por Akihabara vio una cámara profesional Sony que en el Perú era inalcanzable. Se impuso un trato: seis meses de trabajo duro para comprar la cámara.

Cumplió la meta al milímetro, pagó el equipo al contado y no volvió a la fábrica. Con la cámara al hombro comenzó a registrar eventos oficiales, fundó su productora Action in Japan e incluso puso a rodar un camión de comida en festivales, demostrando esa capacidad tan peruana de trabajar en lo que haga falta sin soltar el sueño de fondo.

Durante tres años escribió pacientemente el libreto de una película. Pero levantar un rodaje exige presupuestos titánicos. Fue paseando con su hijo por una feria del libro en Miraflores donde surgió el giro imprevisto: tocar la puerta de la editorial Mesa Redonda y convertir el guion en un libro ágil, cinematográfico y directo. En las páginas, revisadas previamente junto al guionista argentino Guido Simonetti, no hay adjetivos sobrantes; hay escenas que corren frente a los ojos del lector como si estuvieran proyectadas en una sala oscura.

LA PROMESA DE PROGRESO Y LA CICATRIZ DEL ABANDONO

La fuerza de «Todos vuelven» radica en que no maquilla la experiencia migratoria. El protagonista, Martín, encarna una realidad punzante que comparten muchos hijos de la diáspora. Para la sociedad, Japón representó la tierra del trabajo próspero, el auto propio y la casa levantada a la distancia. Para Martín, en cambio, Japón era sinónimo de abandono.

Su padre había emigrado al archipiélago cuando él tenía apenas ocho años y la distancia terminó por cortar todo vínculo. Martín creció resentido, ocultando su ascendencia nikkei y volcando sus energías como estudiante de cocina y en soñar con su restaurante propio, así como en cuidar a su pequeño hijo y sostener a su madre. Sin embargo, cuando a ella le diagnostican leucemia y los ahorros se evaporan, la necesidad dinamita sus certezas. Para salvarla, Martín no tiene más remedio que viajar al mismo país que sintió que le arrebató a su padre.

Allí, entre el rigor agotador de las naves industriales y la soledad de las estaciones, el personaje no solo encara el choque cultural: también descubre las verdaderas circunstancias detrás del silencio de su padre, abriendo paso a un reencuentro necesario y a una historia de redención y perdón entre tres generaciones.

DE LAS CALLES DE LIMA AL CORAZÓN DEL ARCHIPIÉLAGO

Tras agotar más de un centenar de ejemplares en su presentación en la Feria del Libro de Lima y recoger el testimonio de lectores conmovidos —»las respuestas que obtengo siempre es que el libro los hizo llorar y los hizo reír», apunta Christian—, la obra ha cruzado el océano para reencontrarse con su escenario natural.

El periplo en Japón arrancará en Shibuya, los días 3 y 4 de octubre, en Perú Fest, el festival organizado por la Embajada del Perú en Japón, donde el autor presentará la obra directamente a sus compatriotas. La ruta continuará por las prefecturas donde palpita la mayor fuerza de la comunidad trabajadora: Hamamatsu, Gunma, Aichi y Kanagawa, acompañando el recorrido de la película El pintor de los milagros. Entre tanto, el libro ya cuenta con una traducción al japonés realizada por Eiko Takahashi y que pronto tendrá fecha de lanzamiento.

«Todos vuelven» no pretende ser un tratado sociológico ni una pieza de vanidad literaria. Es el testimonio de quien sabe que detrás de cada remesa enviada a Lima hubo manos agrietadas, y que detrás de cada ausencia hubo un dolor que merece ser nombrado. Con la sensibilidad del narrador que sabe mirar de cerca, Christian Zevallos ha logrado que la memoria de miles de familias encuentre, por fin, un lugar donde volver a casa. (RI/International Press)


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